Contextualizando los cuidados

La vida humana es profundamente dependiente de la biosfera. Somos naturaleza y por eso, personas, ciudades, economías o sociedades no se pueden mantener durante mucho tiempo funcionando en guerra contra la organización de la naturaleza.

Pero además, la vida humana tiene una segunda dependencia. Vivimos encarnados en cuerpos que son vulnerables. Desde que nacemos y a lo largo de la vida, sobre todo en algunos momentos del ciclo vital, no podríamos sobrevivir o vivir dignamente si no fuera porque otras personas emplean mucho tiempo y energía en cuidar y atender las necesidades de los cuerpos. Somos seres interdependientes.” 

Yayo Herrero

Una crisis del sistema con consecuencias desiguales

El sistema socioeconómico imperante, capitalista y patriarcal, a menudo olvida y obvia dos premisas: somos ecodependientes e interdependientes. Desde InteRed tenemos claro que hay que cuestionar que ponemos en el centro: los mercados o la vida. Nosotros optamos por la vida. Poner la vida en el centro nos invita a reflexionar y cuestionar este sistema, una reflexión que llevamos a nuestra práctica pedagógica y metodológica y que sustenta la elaboración de esta unidad didáctica.

Estamos ante una profunda crisis que va más allá de la crisis sanitaria y que tendrá consecuencias sociales y económicas aún imprevisibles. Quizás ya sois conscientes porque lo estáis viviendo en vuestra casa o conocéis personas en vuestro entorno que ya las padecen. Esta profunda crisis del sistema se evidencia, entre otros, por la crisis ambiental, la crisis de los cuidados y la crisis de los derechos humanos que continúa generando exclusión, discriminaciones, y que afectan, de diferente manera, al conjunto del planeta.

El virus ha puesto al descubierto y ha exacerbado las desigualdades económicas, de género y raciales, al tiempo que se ha alimentado de ellas. Más de dos millones de personas han perdido la vida, y cientos de millones se están viendo arrastradas a la pobreza, mientras que la mayoría de las personas y empresas más ricas del mundo siguen enriqueciéndose.”

Oxfam Intermón (2020). El virus de la desigualdad.

La actual crisis por el Covid-19 requiere un abordaje multidimensional porque tiene que ver con la crisis sistémica previa, consecuencia de un modelo de desarrollo global que pone el mercado en el centro, en lugar de poner los cuidados y la sostenibilidad de las vidas. Los últimos años muestran algunas tendencias a nivel mundial, como la masiva movilización de personas migrantes y refugiadas, el cierre de las fronteras y el aumento del temor ante todo aquel percibido como diferente.

Algunas de estas consecuencias son:

“Más de 700 millones de personas, o el 10% de la población mundial, aún vive en situación de extrema pobreza hoy en día, con dificultades para satisfacer las necesidades más básicas, como la salud, la educación y el acceso a agua y saneamiento, por nombrar algunas.”

ONU. ODS 1. Poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo.

“Una de cada cinco mujeres y niñas, incluido el 19% de las mujeres y las niñas de 15 a 49 años, han sufrido violencia física y / o sexual por parte de una pareja íntima, durante los últimos 12 meses. Sin embargo, en 49 países no existen leyes que protejan específicamente a las mujeres contra esta violencia.”

ONU. ODS 5. Lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y niñas.

“En abril de 2020, cerca de 1600 millones de niños y jóvenes estaban fuera de la escuela. Igualmente, cerca de 369 millones de niños que dependen de los comedores escolares tuvieron que buscar otras fuentes de nutrición diaria.”

ONU. ODS 4. Garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todas las personas.

“Casi el 60% de las mujeres de todo el mundo trabajan en la economía informal, ganan menos, ahorran menos y corren un mayor riesgo de caer en la pobreza. A medida que los mercados caen y las empresas cierran, millones de empleos de mujeres han desaparecido.”

Oxfam Intermón (2020). El virus de la desigualdad.

La Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible compromete a todos los países y marca los objetivos para enfrentar problemas globales. Los fenómenos que suceden en cualquier rincón del mundo mantienen vínculos diversos entre sí, como la pandemia por el Covid-19 nos está mostrando.

Así, esta crisis sistémica, no afecta a todos y todas por igual:

“La pandemia ha puesto de relieve las fracturas sociales y políticas que ya dividían a las comunidades, y ha desencadenado una serie de respuestas discriminatorias que están afectando a las comunidades excluidas de todo el mundo.

Del mismo modo, también ha puesto de manifiesto las múltiples vulnerabilidades y capas de opresión y exclusión a las que se enfrentan algunas personas, por razones de género, origen racial o étnico, edad, clase social, casta, origen geográfico, discapacidad, sexualidad, religión, identidad indígena, o por su condición de personas migrantes o refugiadas.

Estas experiencias se basan en las estructuras básicas del privilegio y la opresión, que hunden sus raíces en siglos de patriarcado, racismo estructural y colonialismo.”

Oxfam Intermón (2020). El virus de la desigualdad.

“El Covid-19 no es sólo un tema de salud, también puede ser un virus que exacerbe la xenofobia, la exclusión y el odio”, declaró Fernand de Varennes, relator para las minorías de Naciones Unidas, poniendo de manifiesto así que el discurso del odio se convierte en un medio de deshumanización. Asimismo, alertó de un “aumento alarmante de los abusos verbales y físicos” contra varias minorías a raíz de la pandemia, que muestran cómo el pensamiento racista pretende justificar la discriminación, la segregación social y la explotación económica de diversas comunidades humanas, vulnerando sus derechos.

Las consecuencias de la deshumanización que genera este discurso de odio se hacen evidentes en nuestros territorios. También en nuestras escuelas, poniendo en peligro la cohesión social y la convivencia cotidiana. En los espacios donde interaccionamos diversas personas, vemos con preocupación cómo se pretenden fundamentar y justificar estos discursos, propiciando dinámicas de confrontación y la manifestación de diversos tipos de violencias.

Dada la trayectoria histórica como territorio de acogida de Cataluña y del resto del Estado, nos encontramos en una situación en la que estos rasgos se perpetúan en forma de discriminaciones y que dan pie a la racialización. Una persona racializada es aquella que recibe un trato favorable o discriminatorio en base a la categoría racial que la sociedad le atribuye, más allá de su origen. Así, se da la paradoja de personas nacidas en nuestros territorios que siguen recibiendo un trato discriminatorio por ser percibidas “de fuera”.

Si bien en la Declaración Universal de Derechos Humanos, el artículo 13 establece que: “Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar”, la realidad muestra con demasiada frecuencia una percepción social del fenómeno migratorio negativa y reduccionista; crecen los discursos xenófobos y otras formas de odio, se endurecen las políticas migratorias y se amplían las barreras institucionales, manifestaciones de una violencia que toma diferentes formas.

Cuando hablamos de violencias, es fácil identificar las directas, pero no es tan sencillo identificar las estructurales y las culturales. Las tres tipologías tienen lazos y vínculos y se retroalimentan.
Hablamos de violencias estructurales para referirnos a situaciones estructurales, como la explotación laboral, la injusticia social o el etnocentrismo cultural, causas no tan fácilmente identificables como la violencia física.

(La violencia estructural) se puede encontrar en cualquier estructura social, ya sea una empresa, escuela o asociación (si los procedimientos internos, la forma en que se toman las decisiones, etc. promueven y legitiman una distribución de tareas poco equitativa, relaciones violentas o exclusión); la estructura de un Estado (si las leyes o las políticas de los gobiernos suponen algún tipo de violencia, discriminación, injusticia hacia ciertos colectivos), o incluso de la estructura mundial (si el sistema económico, el reparto del poder, las relaciones internacionales etc. generan desigualdad y vulneración de derechos fundamentales.”

Escuela de Cultura por la Paz.
Transformar el conflicto en la ciudad.
Herramienta 17 Entender las propias violencias.

Estas violencias estructurales, por tanto, forman parte de una estructura social que impide cubrir las necesidades básicas de las personas y sus derechos esenciales, porque las condiciones del sistema son desequilibradas y benefician a unas personas en detrimento de otras.

Al añadir las violencias culturales (conjunto de valores, ideas y convicciones para justificar o legitimar la violencia estructural o directa), se sustentan estereotipos y prejuicios y se desencadenan comportamientos discriminatorios.

Las desigualdades de género y los cuidados

Las desigualdades de género constituyen una forma de discriminación que afecta a más de la mitad de la población mundial. Obedece a una estructura (patriarcado) que ha subordinado a las mujeres y ha privilegiado un modelo de hombre, prototipo de la masculinidad hegemónica. Este modelo ha invisibilizado e infravalorado el trabajo de cuidados que ha hecho posible sostener la vida, un trabajo que ha recaído tradicionalmente en las mujeres y que sigue siendo origen de desigualdades.

Según datos del Idescat de 2011 (citado por Salvador, Artazcoz, Petra, Bastida, Pasarín y Puig, 2018), el tiempo medio diario que las mujeres destinan en el hogar y la familia es de 4 horas y 14 minutos, mientras que los hombres destinan 2 horas y 35 minutos. En Barcelona, según la encuesta de Condiciones de Vida y Hábitos de la Población, el año 2011, el 30,82% de los hombres dedicaban al trabajo doméstico y de cuidado entre 1 y 10 horas semanales, y el 34,78% dedicaban de 10 a 20 horas. En el caso de las mujeres, el 27,90% dedicaban entre 10 y 20 horas; el 23,10%, entre 20 y 40 horas; y el 21,60%, 40 horas o más.”

PDC Sagrada Familia. 2020.
Economía de los cuidados: diagnóstico participativo
en el barrio de la Sagrada Familia.

En la actualidad, tanto en Cataluña como el resto del mundo, las contribuciones a los cuidados siguen siendo realizadas mayoritariamente desde el ámbito doméstico y por mujeres. La división sexual del trabajo, establecida por el sistema patriarcal, sigue asignándoseles esta responsabilidad. Así, todavía nos encontramos con una realidad donde muchos hombres se desentienden de su propio cuidado o del cuidado de los demás.

La percepción social de los cuidados tiene una dimensión de género muy fuerte: los cuidados se presuponen una actividad consustancial con ser mujer. Aún persiste una fuerte identificación de las mujeres con la esfera privada-reproductiva y los hombres con la esfera pública-productiva, ignorando la responsabilidad colectiva que debe existir para el sostenimiento de la vida y la generación de bienestar (OIT, Informe Mundial sobre salarios desde 2.020 hasta 2.021).

Como veremos más adelante, las mujeres migradas facilitan que otras mujeres en países como el nuestro, se incorporen al mercado laboral, sin incidir en una asunción de la necesaria corresponsabilidad por parte ni de los hombres ni de las instituciones públicas y de gobierno, muestra de la invisibilización y la falta de valoración de este pilar fundamental para sostener las vidas.

La distribución de los cuidados, más allá del género, nos insta a toda la sociedad (familias, estado y empresas). Poner los cuidados en el centro es indispensable para la sostenibilidad de la vida y requiere la implicación de todos los agentes, con políticas públicas que garanticen el derecho a cuidar y a ser cuidado.

La cadena global de cuidados y los ODS

Durante la pandemia se ha observado que aquellas ocupaciones remuneradas que cobran especial relevancia para hacer frente al Covid-19 son las ocupaciones más feminizadas, fruto de la segregación horizontal del mercado de trabajo, como el personal sanitario y farmacéutico donde el 70% han sido mujeres, residencias de ancianos (84%), personal de servicios sociales (80%), personal de limpieza en establecimientos (86%), entre otros.

Esta situación, entre probablemente otros efectos de la desigualdad de género, ha provocado que las mujeres hayan sufrido un mayor riesgo de exposición a la enfermedad que los hombres.”

Instituto Catalán de las mujeres.(2020)
El impacto de género de la Covid-19 en datos.

Hoy día, es fácil constatar que se ha producido una feminización de las migraciones. Las mujeres migran como estrategia de supervivencia para conseguir ingresos económicos, reunificar a la familia, formarse, ser más autónomas… Son mujeres que marchan de su país buscando una vida mejor y que en el viaje a menudo afrontan la doble precariedad y vulnerabilidad de ser migrantes y mujeres.

El aumento de las corrientes migratorias femeninas de carácter laboral se ha denominado cadena global de cuidados. Se explica, en parte, por la demanda creciente en los países enriquecidos de personas que realicen trabajos precarizados y desvalorizados socialmente como son los trabajos de cuidados.

Nos encontramos con la paradoja de mujeres que migran de su propio hogar y en el país de destino se encargan de un trabajo imprescindible para que otro hogar salga adelante. Al mismo tiempo, su marcha exige que alguien en su país de origen asuma la responsabilidad de proporcionar los cuidados que ellas no pueden asumir.

Es así como las cadenas globales de cuidados entrelazan los hogares que se conforman con el objetivo de garantizar cotidianamente los procesos de sostenibilidad de la vida, a través de las que los hogares transfieren cuidados de unas a otras.

Debido a la división sexual del trabajo por motivos de género propia del patriarcado y en el marco de la globalización, las mujeres se reemplazan unas a otras en las múltiples facetas de los cuidados: tareas domésticas, afectivas y otras, perpetuando así mecanismos de opresión.

Más allá del tiempo destinado a las tareas domésticas y de cuidado que se llevan a cabo en el ámbito del hogar, el trabajo doméstico y de cuidados remunerado es una de las principales opciones para las mujeres migrantes. Así, actualmente se calcula que en Cataluña hay aproximadamente 47.000 trabajadoras del hogar de nacionalidad extranjera que representan aproximadamente la mitad de las mujeres que se dedican laboralmente a esta actividad -el 50,7%-.”

InteRed. 2020.
Estudio Pobreza de Tiempo.

Al hacer referencia al trabajo de cuidados, hay que tener presentes aspectos importantes, según el diagnóstico participativo en el barrio de Sagrada Familia (2020):

  • El impacto emocional de las mujeres migradas al dejar a su familia en el país de origen, así como la dificultad que supone la gestión emocional de tener que cuidar a personas dependientes de otras familias.
  • La Ley de Extranjería, que exige a las trabajadoras del hogar migradas los mismos requisitos para regularizar su situación, pero las controla mucho menos ya que la organización actual de los cuidados las necesita. Esta misma ley exige contrato laboral para obtener el permiso de residencia, a la vez que dificulta la organización en la contratación de trabajadoras, que, en su mayoría, deben trabajar de forma irregular. Este es un claro ejemplo de violencia estructural y vulneración de derechos de estas mujeres trabajadoras.

La internacionalización de los trabajos del hogar y la globalización de los cuidados tienen el objetivo de sostener cotidianamente la vida, vinculando varios hogares en base a ejes de explotación y poder, como son el género, la racialización, la clase social y el lugar de origen.

Rigol (2019) menciona que 7 de cada 10 mujeres trabajadoras del hogar en régimen de internas son migradas extracomunitarias. El 96% de éstas están a cargo de tareas de cuidado. El 73,7% de las mujeres extranjeras que trabajan en el sector provienen de América Latina.”

PDC Sagrada Família. 2020.
Economía de los cuidados: diagnóstico participativo
en el barrio de Sagrada Familia.

Es precisa, por tanto, una mirada desde la interseccionalidad para entender las discriminaciones desde diferentes vertientes. “La interseccionalidad es una propuesta surgida del feminismo Negro de Estados Unidos en los años ochenta que ha influido de manera central en la concepción de las desigualdades sociales y la discriminación… Su premisa básica es que no se puede entender la desigualdad desde un solo marco explicativo (como el género, la raza, la clase o la edad) y que hay que considerar la interrelación entre ellos para entender cómo se configura.” (María Redondo de Zárate, 2021). Considerar, además, que ninguno de los marcos explicativos o sistemas de opresión es más importante que el otro y no podemos jerarquizarlos.

Así pues, hay que considerar un conjunto de variables para establecer las múltiples situaciones discriminatorias que viven las mujeres migradas trabajadoras del hogar, discriminaciones que conforman la llamada cadena global de cuidados.

Como hemos mencionado anteriormente, la pandemia no afecta por igual a todas las personas; unas vidas valen más que otros:

En el caso de las trabajadoras del hogar y los cuidados, sigue siendo necesario hablar de lo que viven estas mujeres que sufren despidos arbitrarios, con indemnizaciones muy inferiores respecto a otros sectores, sin derecho de prestación de desempleo, etc. A pesar de la prestación recientemente aprobada, nos adherimos a la inquietud del sector, que subraya que no es suficiente si deja fuera al 30% de las trabajadoras que se encuentra en situación administrativa irregular.”

Eva Herrera, 2021.
La Covid-19 evidencia la desigualdad
en el cuidado de la vida de las personas.

Estas son sólo algunas de las discriminaciones y vulneraciones de derechos a las que se enfrentan muchas de las mujeres migradas que pasan a formar parte de la cadena global de cuidados sobre las que ponemos el acento en esta unidad didáctica.

Nuestro trabajo de cuidados con mujeres migradas trabajadoras del hogar, nos ha acercado a una realidad y unas vidas atravesadas por diversas discriminaciones, violencias y, en definitiva, vulneración de sus derechos. Tomar conciencia de cómo se generan y su interrelación y complejidad es necesario para ir alcanzando la igualdad entre los géneros y apoderarse a todas las mujeres y niñas (ODS5).

También para lograr una reducción de las desigualdades (ODS 10) que nos conmina a no dejar a nadie atrás, principio transversal en toda la Agenda 2030. La reducción de las desigualdades exige un cambio transformador, con protección social y empleo decente a favor de col colectivos vulnerables como el colectivo que nos ocupa: mujeres migradas que pasan a formar parte de una cadena global de cuidados. El ODS 10, por lo tanto, nos insta a abordar la inclusión social, económica y política de todas las personas forjando vínculos y rompiendo barreras de edad, género, clase, capacidades, lengua, origen u orientación sexual.

La propuesta también pone énfasis en contribuir con el ODS 16 (Paz, Justicia e instituciones sólidas), que destaca que el bienestar de las personas, la prosperidad de las sociedades, la equidad de la ciudadanía y el desarrollo sostenible sólo se pueden alcanzar en un marco de paz y de respeto a los derechos fundamentales. En conjunto, apostamos por la posibilidad de hacer cambios transformadores hacia espacios de convivencia, comunidades y territorios más vivibles, justos e igualitarios.

Por último, mencionar la contribución a la ODS 8, que recoge la promoción del trabajo digno para todos, con un crecimiento económico que debe garantizar el empleo a la vez que los derechos de las personas. En la meta 8.8, establece la protección de los derechos laborales y la promoción de un entorno de trabajo seguro y sin riesgos para todos los trabajadores y las trabajadoras, incluyendo a migrantes y en particular a las mujeres migrantes y las personas con trabajos precarios.